NUMERO 2. Hábitat, democracia y saberes: un debate epistémico, ético y político. Por Aura R. Cruz Aburto


17 Nov

This is not embellish already concluded techno-scientific processes or to give them the license of “social sustainability”. The real challenge consists in bringing, or recognizing when they have begun, public participation and open democratic discussion into the initial phase of defining the technoscience agenda. (Buchi, 2006, p. 95)

Preámbulo 

Hace no mucho tiempo, el presidente actual de México, López Obrador, hizo unas declaraciones que resultaron escandalosas para los gremios asociados al diseño y producción de la vivienda: se había decidido otorgar créditos directamente a los habitantes para la autoconstrucción de sus viviendas, con miras a fomentar la contratación de mano de obra local y, de esta manera, beneficiar a la base de la pirámide. Cuando esta iniciativa fue expuesta públicamente se hizo alusión a los resultados de la producción de vivienda social producto de las políticas del sexenio dirigido por Vicente Fox, las cuales continuaron hasta el periodo de gobierno previo al actual, cuyo efecto fue la construcción de enormes desarrollos de vivienda de interés social, sumamente alejados de los centros urbanos por lo general, que terminaron, en no pocas ocasiones, en estado de franco abandono. Asimismo, en las declaraciones presidenciales se hizo alusión al valor de los saberes de los trabajadores de la construcción, relacionándoles con los constructores ancestrales del país y se cuestionó la necesidad de la participación de arquitectos e ingenieros.             

A raíz de lo anterior, los gremios aludidos recibieron las declaraciones como un desprecio público a sus saberes y a su trabajo. Sin embargo, en general, los quejosos no manifestaron molestias respecto al cuestionamiento ético y social que era el que de fondo subyacía cuando se señaló al enriquecimiento de las corporaciones inmobiliarias productoras de vivienda social responsables de una multitudinaria construcción de conjuntos habitacionales disfuncionales.            

Así, en lo particular, se desató en el gremio arquitectónico una discusión alrededor del papel de los profesionales, de las comunidades de habitantes y de la manera de comprender la producción del hábitat mismo. Hubo, incluso, mesas de debate donde diversas posturas se enfrentaron. Se planteó, por un lado, el cuestionamiento a las corporaciones inmobiliarias, el intercambio de saberes necesario en este proceso de producción de la vivienda, así como, por otro lado, se llamó al mantenimiento de la diversidad de la oferta de las formas de producción de la vivienda de acuerdo con una visión de mercado.             

En este tenor, el objetivo de este texto consiste en plantear; a la luz de las nuevas maneras de producción de la “ciencia (y la técnica) pos-académica”,  el desarrollo de nuevas formas de interacción entre expertos y sociedad (Buchi, 2006), y del papel de los medios en la exposición del trabajo de los técnicos; los diversos ejes de discusión –epistémico, ético y político– que están entretejidos en este problema y que, de identificarse en relación, permitirán establecer una posición más robusta respecto a la discusión para, quizá, dar lugar al esbozo de una propuesta más compleja y fructífera para el abordaje del problema de la producción social del hábitat.

Entre la dimensión política de la técnica y el impurismo epistémico

Algunos antecedentes generales: Tecnociencia posacadémica Comenzaré por exponer algunos conceptos generales provenientes de los Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología, considerando que, tanto arquitectos como ingenieros y, en general, los técnicos certificados en diseño y construcción del hábitat pertenecen al entramado de la producción tecnocientífica actual enfocada fundamentalmente en la producción del hábitat. En los tiempos que corren, la ciencia se produce de un modo harto distinto de aquella “Big Science” propia de la posguerra, ya que también las condiciones sociales y políticas del mundo han cambiado notablemente. Gibbons, junto con sus coautores (1994), han identificado una serie de características del Modo 2 de producción de la ciencia, modo actual, entre las que destacan, primero, una difícil discernibilidad entre la actividad científica de la técnica (el ámbito de la aplicabililidad); en segundo lugar, un enorme diversidad de agentes involucrados en su producción, es decir, además del Estado y las universidades, los productores del conocimiento se han multiplicado notablemente incluyendo ahora entre sus filas a la iniciativa privada de tal manera que ha llegado a ser determinante eventualmente; en tercer sitio, se trata de un modo de producción en el cual, como consecuencia de lo anterior, también los principios que orientan al quehacer de la investigación van más allá de los tradicionales valores epistémicos, incluyendo una amplia variedad de valores éticos, económicos, políticos, entre otros. En términos generales, esta nueva manera de producción de la investigación es mucho más local, contextual, y, debido a que suele estar orientada más por fines de aplicabilidad, suele involucrar una gran diversidad de disciplinas.             

Por otra parte, esta ciencia, denominada por Buchi (2006) como “pos-académica” también se enfrenta a un escrutinio público mucho más intenso que en el modo anterior de producción en parte, motivado por la emergencia de una sociedad que ya ha vivido los efectos de la primera época de la ciencia moderna y que, de alguna manera, conoce sus efectos tanto deseables como perniciosos, es decir, una sociedad del riesgo que “habita” en el seno de la “modernidad reflexiva” de Beck (1986). Asimismo, el papel de los medios juega un rol importante en la comunicación de la ciencia pero, no tanto o no meramente como divulgadora científica – como desearía un enfoque de corte tecnocrático a decir de Buchi (2006)– sino como espacio de exposición de los efectos de la actividad tecnocientífica y su escrutinio público; es decir, no se trata de necesariamente de convalidar la labor científica ni de evangelizar a los legos sino de exponer el quehacer científico en tanto tiene consecuencias en la vida pública y no meramente en términos de sus fines epistémicos, así como de confrontar este quehacer con la opinión pública y sus demandas.             

Finalmente, la práctica tecnocientífica hoy también incorpora a la sociedad o, mejor dicho, la sociedad se ha incorporado a base de una ardua labor política, lo que ha dado lugar a fenómenos tales como la ciencia ciudadana y los foros híbridos donde las nociones de productores y consumidores de la producción científica se desdibuja.

Impurismo epistémico y riesgo inductivo o cómo es que la ciencia no es meramente una cuestión de verdad (y demás) 

En el contexto actual de la ciencia y la técnica, descrito en los párrafos anteriores, los actores involucrados se han multiplicado y con ellos los valores e intereses en juego. Sin embargo, hay algo más que notar. A decir de la filósofa Heather Douglas, incluso en el seno mismo de esta práctica, independientemente del aumento de su complejidad, debe considerarse que valores tanto epistémicos como no epistémicos intervienen no solo de manera contextual, sino en su mismo proceso intrínseco de producción. Por un lado, Douglas señala que, siempre hay valores en juego en tres momentos previos y posteriores a la producción científica en tanto tal: cuando se selecciona un tema de investigación, en la consideración de las consecuencias de determinado uso del conocimiento producido, así como en el establecimiento de ciertos límites éticos en los procesos metodológicos. Sin embargo, además de estos tres momentos externos al proceso mismo de la investigación científica, existe un cuarto ámbito donde los valores juegan y, en este caso, sucede al interior y se relacionará con el concepto de riesgo inductivo.             

Para dar cuenta del fenómeno mencionado, Douglas echa mano del concepto de riesgo inductivo acuñado por Hempel, y lo extiende. En principio, Hempel planteaba la idea del riesgo inductivo como aquel que se suscita cuando existe la posibilidad de que la elección de una hipótesis resulte equivocada. Este riesgo, propio de los procesos inductivos donde no existe la certeza lógica meramente, implica una toma de decisión para apostar a determinada hipótesis sobre la base, dirá Hempel, de determinados valores epistémicos: confiabilidad, extensividad y sistematización. Además del papel que tienen los valores epistémicos en la elección teórica (hipótesis), Douglas recupera de McMullin que éstos cuentan con un papel importante también a lo largo del trabajo científico tales como la selección de los métodos, la recopilación de datos y su respectiva interpretación. Sin embargo, para Douglas, Hempel se ha quedado corto ya que ha excluido el papel de los valores no epistémicos en el riesgo inductivo, mismos que ella introducirá. Además de los valores epistémicos en juego, en los escenarios en que la selección de una hipótesis implique consecuencias no epistémicas claras (problemas éticos, políticos, económicos, etc.), entonces será necesario orientarse en la selección a través de valores no epistémicos, tales como son, precisamente, los escenarios en que el riesgo es potencialmente serio. Por lo tanto, el trabajo de Douglas abona también al abandono del ideal tecnocrático libre de la intervención de valores no epistémicos (la supuesta neutralidad del científico y del técnico) y que, en lo subsecuente permitirá desarrollar con más detalle el problema de la relación entre técnica y política.

Técnica y democracia 

No innovation without representation! (Latour, 2004)

El ideal tecnocrático, combatido aquí, parte de que la ignorancia del lego es la que le aleja de la aceptación de las iniciativas tecnocientíficas. Sin embargo, como lo demuestra Buchi (2006), este argumento es difícil de sostener. En principio, hoy por hoy atestiguamos una transparencia cada vez más asequible de los procesos de producción científica donde no existen necesariamente consensos monolíticos en la comunidad científica misma respecto a todos los temas, de hecho, es posible apreciar que para llegar a dichos consensos diversas teorías rivales se debaten y este es más bien el proceso más común de su producción. Por otro lado, como se ha discutido en los párrafos anteriores, es ingenuo y, paradójicamente, perverso hablar de ciencia libre de valores ya que, por un lado, en términos del riesgo inductivo los valores no epistémicos juegan un papel importante en el proceso interno de la producción tecnocientífica, así como obviamente también se hallan presentes en el ámbito externo al proceso de investigación.             

Por lo tanto, la tecnocracia como ideal de neutralidad no se sostiene y, a pesar de que, a veces, tanto los políticos como la sociedad misma desearíamos hallar el remanso de una unívoca certeza técnica, es imposible escapar al ámbito prudencial donde el debate,la apuesta y la asunción de la responsabilidad es inescapable. Esto nos lleva al necesario cuestionamiento de cuáles son los procesos de participación verdaderamente efectivos para la toma de decisión en materia tecnocientífica, es decir, nos enfrenta al problema de la democracia. Procesos de participación: del referéndum a la ciencia ciudadana A partir del cuestiomiento del ideal tecnocrático, es posible ver que la tecnociencia lejos de acercanos a la certeza y alejarnos de la necesidad de la deliberación e, incluso de manera más decisiva, de la coproducción de saberes, nos tendría que acercar dado que ella misma involucra valores no epistémicos y, además, tiene una relevancia decisiva en la factura del mundo actual. Asimismo, es un espacio donde el reclamo ya no solo se limita a la transparencia, aunque la suponga, sino que también ha visto emerger fenómenos tales como los foros híbridos y la ciencia ciudadana que supone la batalla política por la determinación de programas de investigación motivados por los intereses ciudadanos que, eso sí, también coexisten con agendas patrocinadas por agentes de la iniciativa privada, entre otras modalidades de producción científica.

El caso de la vivienda: técnica y política  

The hybrid nature of the objects of contemporary technoscience and the processes of co-production that give rise to it constantly contradict this illusion of neutrality. A safety belt with locks automatically, or a car programmed not the start if the driver has not fastened his/her safety belt, ensures the adoption of certain behaviors deemed safer or socially desirable. They are no longer mere technological objects but hybrids embodying a moral and socio-political vision. (Buchi, 2006) La producción de los espacios que habitamos implica el encuentro de la técnica con los imaginarios sociales. Esto implica la disputa de modelos de mundo por ser materializados. Por ello, el hecho de que los gremios profesionales así como los grupos industriales vean cuestionada su actividad, la cual excede el ámbito de la técnica, supone también la disputa política y, por ello, la confrontación de valores.             

En el caso que se discute en este texto, el preámbulo ha sido expuesto en los antecedentes: el gobierno federal mexicano ha lanzado una iniciativa que pretende movilizar la economía de los más desprotegidos a partir del impulso a la autoconstrucción, que ha acompañado de una crítica a la conducta ética a los industriales de la vivienda y que, a su vez, ha puesto sobre la mesa el cuestionamiento del papel del arquitecto y del ingeniero en la producción habitacional al tiempo que ha dado realce a los saberes populares. A partir de este evento, se desataron diversos debates gremiales. Uno de ellos, llevado a cabo entre profesionales de la arquitectura y convocado por la revista de arquitectura Arquine[1], se presentaron diversos argumentos a partir de los cuales es posible distinguir dos posiciones fundamentales: la propuesta centrada en el experto, desde del cual se defendió de la necesidad de un espacio de coexistencia de iniciativas que, incluyese a las prácticas de mercado más tradicionales de oferta de vivienda social urbana; y, por otro la posición de la producción social del hábitat donde fueron centrales la importancia del “intercambio de saberes” entre arquitectos y comunidades y el potencial político de las comunidades. De esta manera, tenemos tres posiciones a discutir a la luz de los planteamientos teóricos expuestos en la primera sección de este texto: la propuesta gubernamental, la propuesta de corte tecnocrático y, finalmente, la propuesta de la producción social del hábitat.

Del exceso de confianza en la ética individual: la propuesta gubernamental 

Las políticas de vivienda de los últimos tres periodos presidenciales anteriores fueron en general fallidos, en particular a lo que se refiere a la producción masiva de vivienda completamente desvinculada de los centros urbanos y de una dudosa calidad no solo constructiva sino como soporte espacial para el desenvolvimiento de la existencia. Sin embargo, no basta con retirar la política pública de estas prácticas y, si bien sin duda hay una gran cantidad de personas que poseen saberes no certificados en materia de construcción, también es cierto que la conformación de un hábitat consistente y digno no se da a través de los esfuerzos aislados sino de la organización política de las comunidades, lo cual incluye, o al menos, podría incluir a sus expertos. Por ello, la atribución directa de los recursos económicos, por un lado supone el reconocimiento de los saberes populares de la construcción pero ciertamente no abona al intercambio y enriquecimiento de los saberes certificados ni tampoco incentiva la organización política de las comunidades que es donde reside su fuerza de negociación. Por lo anterior, si bien la propuesta gubernamental posee la bondad de un acto de rectificación a las injustificias epistémicas (Fricker, 2007), omite el intercambio con los saberes técnicos reconocidos, dejando de lado la naturaleza misma de los modos de producción técnica propios de estos tiempos (Gibbons et. al., 1994) y, además, adolece de la falta de una dimensión política que restituya a la ciudadanía de su poder de decisión organizada (lo cual, por cierto, no es tan extraño si atendemos a la crítica que hace Ulrich Beck al desarrollo de la socialdemocracia que diluyó el impulso político de lo colectivo en favor de la conformación de ciudadanos atomizados, lo que después fue ciertamente el abono perfecto para el desarrollo del modelo neoliberal).

El modelo tecnócrata: Entre productores y usuarios de la técnica en el marco del debate que aquí se discute, el modelo centrado en el experto o tecnócrata, pretendía diluir el antagonismo con la propuesta de la producción social del hábitat arguyendo que no se trataba de dos modelos en competencia sino que podían coexistir dado que daban respuestas a diferentes demandas específicas del mercado ( ya aquí tenemos un problema si se piensa a la propuesta de la producción social del hábitat como un asunto de mercados). Sin embargo, ahondando en la propuesta, el trabajo que se enarboló y con el cual se ejemplificó consistió en la defensa de la producción de vivienda por parte de empresas inmobiliarias de vivienda social contratantes de despachos de arquitectura que, si bien proponen y defienden la manera en que la vivienda es también productorta de ciudad, también carecen de la participación de los habitantes que, en esta forma de producción de la vivienda, se reducirán a usuarios. En todo caso, su consideración acabará reduciéndoles a objetos sin agencia cuyos datos demográficos y preferencias de mercado servirán para configurar el perfil del “cliente”. De esta manera, el modelo que esta postura defiende no deja de considerar una antigua división entre productores y consumidores de los artefactos técnicos, en este caso, casas, donde el poder de decisión seguirá estando en manos de quien se da por supuesto que “sabe más”. Por otra parte, como ya se señaló, poner el énfasis decisivo en “el mercado” ya delata a esta posición y sus presupuestos neoliberales.         

Asimismo, con esta propuesta se sostenía que se compartía un espíritu democratizador, sin embargo, el enfoque del mismo fue literalmente expresado como “democratización del conocimiento”, haciendo referencia con ello a la postura “evangelizadora” de la tecnocracia que parte de la consecución necesaria entre el conocimiento tecnocientífico y el desarrollo, lo que, una vez más, delata una invisibilización de los ciudadanos en lo que toca a su participación activa en la producción del hábitat y sus saberes asociados.             

Finalmente, se manifestó que “era sin duda importante considerar lo que ocurría después de producida la vivienda”, es decir, los procesos de apropiación postdiseño y postconstrucción al hacer referencia a los procesos de organización comunitaria en la producción social del hábitat. El problema de esta apreciación estriba en pensar que dichos procesos solo aparecen una vez concluida la producción de la vivienda, ya que esto de nuevo niega la agencia de los habitantes de la producción de su hábitat desde el proceso mismo del diseño.             

En términos generales, se manifestó, primero, una confianza excesivamente cargada hacia el saber de experto certificado y a una separación entre productores y usuarios de la técnica sin entender siquiera los fenómenos donde en efecto las redes epistémicas están activas produciendo formas de existencia a partir del intercambio de saberes, la organización comunitaria, el diálogo y debate entre valores. Parecería que el punto de partida, en lo que a valores se refiere, sólo considera aquellos a los que atribuye carácter universal y que, por supuesto, son los del experto.

La dimensión política de la producción social del hábitat 

Probablemente la posición más enriquecida en términos de la relación entre técnica y democracia es la de la producción social del hábitat. Esta consiste en la formación, por un lado, de cuadros técnicos que sepan trabajar con la gente y, por otro, en la incentivación de la organización comunitaria y su respectiva formación política. A partir del reconocimiento y formación de estos dos agentes colectivos, se plantea el desarrollo de la producción social del hábitat que no se reduce a la mera producción de la vivienda como edificación, sino que se extiende a una forma de habitar el territorio tanto en su dimensión cultural como en su relación y conocimiento del entorno. De esta manera, se busca que las comunidades mismas recuperen y revaloren los saberes propios, que son saberes siempre vinculados a un conocimiento profundo de su contexto y que han sido hechos a un lado como resultado de la experiencia de diversas injusticias epistémicas. Asimismo, en este modelo de producción del hábitat, se hace énfasis en el papel fundamental del intercambio de saberes entre comunidades y profesionales certificados.             

En este modelo es innegable la presencia de redes epistémicas donde la idea entre productor y usuario de la técnica se ha diluido. Asimismo, el trabajo de recuperación del poder sobre sí de la comunidad y de la formación política de la misma pone sobre la mesa el reconocimiento de que producir hábitat es algo más que una mera acción técnica, es encarnación de valores y disposición para el desenvolvimiento de formas de vida. Asimismo, el técnico reconoce que su acción técnica involucra, además de conocimiento, también y sin escape, dimensiones ético-políticas: el riesgo inductivo que supone elegir una práctica técnica determinada tiene tan claras consecuencias no epistémicas por lo que es imposible ignorar el papel de los valores correspondientes en juego. Más aún, no es el técnico el que habrá de elegir la práctica técnica, sino que participará del proceso político con la comunidad para la deliberación que lleve a la toma de decisión colectiva: está en juego toda una dimensión ontológica que hay que poner en claro.

Una crítica y el preámbulo para una propuesta futura   

Contra la arquitectura tecnocrática 

En innumerables ocasiones he escuchado a mis colegas arquitectos hablar de responsabilidad social y ambiental. En diversos foros de enseñanza he escuchado que “se ha tomado en cuenta al usuario” (o, peor aún, al “cliente”) porque se han recopilado una serie de datos demográficos y de perfiles encargados a una empresa de estudios de mercado. En vista de lo mencionado, quizá lo que hace falta cuando se habla de “responsabilidad social” es el concepto de lo político y el reconocimiento de la agencia del que habita: habitar no es un mero asunto técnico, es también una forma de existencia que sí, claro, involucra saberes experienciales pero también involucra valores no epistémicos e incluso determinadas sensibilidades. Por otro lado, la responsabilidad ambiental, no sólo se trata de temperaturas, humedades y gráficas solares, ni siquiera se trata meramente de un inventario de especies que habitan el contexto, además involucra dimensiones de biotética pero, aún más radicalmente, supone cuestiones ontológicas: ¿cómo es que comprendemos a la naturaleza? ¿como objeto o como actividad? Por lo anterior, la tecnocracia arquitectónica, además de injusta, es una práctica corta de miras y de un simplismo abrumador. Sin embargo, esto no supone que baste con cancelarla, sino que es necesario plantear alternativas para una práctica arquitectónica más democrática, más sensible y, paradójicamente, menos humana y más terreste: es preciso entender la dignidad de la vida humana, pero más aún, de la vida misma en su sentido más extendido.

Redes epistémicas vs dicotomía entre expertos y legos, ciencia y sociedad  

The Sharp distinction between the two categories –the producers and user of technoscience– breaks down, as we have seen, in face of the new configurations of science in contemporary society. Companies, patient’s associations, and environmentalist movements have become increasingly involved in the definition of technoscience agenda. (Buchi, 2006, p. 95)

 El primer elemento fundamental para una práctica de producción social del hábitat involucra redes epistémicas donde se reconoce que esta producción es una producción ciudadana. Para que esto sea posible, es necesario que comunidades y expertos se coliguen en una organización con dimensión política donde la agenda se establezca de manera dialógica, a partir del reconocimiento e intercambio de saberes, pero también de los valores extra epistémicos involucrados. En este mismo sentido, se deberá de reconocer el riesgo inductivo que la toma de decisión compartida involucre en función de sus consecuencias no epistémicas. 

La emergencia de la cuestión estética y la cuestión teleológica-ontológica 

Por otro lado, hablando de responsabilidad, siguiendo a Hans Jonas (1988) tomando como referencia que la tecnociencia actual ha alcanzado niveles de afectación sobre el medio que antes se consideraba estable y cuasi permanente, es necesario pensar en el entorno ya no como un mero instrumento de explotación, sino como una entidad que, a decir de Kant en la Crítica del Juicio, es algo más que el objeto de escrutinio de la ciencia, el entorno, la vida es actividad: poiesis. No se trata de una lucha social nada más, se trata de poder dar luz a futuros vitales que puedan devolver la habitabilidad a este planeta.

   [1] Arquine. (2020) Arquitectura, diseño y ciudad desde México. En: https://www.facebook.com/watch/live/?v=3192849090765314&ref=watch_permalink

Fuentes 

  • Arquine. (2020) Arquitectura, diseño y ciudad desde México. En: https://www.facebook.com/watch/live/?v=3192849090765314&ref=watch_permalink
  • Beck, Ulrich. (20069. La Sociedad del riesgo. Barcelona, Paidós.
  • Buchi, Massimo. (2006). Beyond Technocracy. Science, Politics and Citizens. Springer. Verlag, New York.
  • Douglas, Heather. (2000). Inductive Risk and Values in Science. Philosophy of Science, 67 (December 2000), pp. 559-579
  • Fricker, Miranda. (2007) Epistemic Injustice. Oxford: Oxford University Press.
  • Gibbons, Limoges, C., Nowotny, H., Schwartzman, S., Scott, P. y Trow, P.(1997) La nueva producción del conocimiento, Barcelona, Comares-Corredor.
  • Jonas, Hans. (1995) El principio de responsabilidad. Barcelona: Herder

Acerca del autor:

Aura R. Cruz Aburto Maestra en Diseño Industrial por la UNAM, se especializa en el entorno habitable y en las prácticas de resistencia de la sociedad civil, cursa actualmente estudios de doctorado en Filosofía de la Ciencia y la Tecnología en la misma institución, con un enfoque en Estudios Filosóficos y Sociales de la Ciencia y la Tecnología. Asimismo, es arquitecta por el Tec de Monterrey y cuenta con estudios en filosofía por la UNAM.                

Ha sido ponente y coordinadora de mesa en diversos congresos tanto en México como en el extranjero, y su trabajo de investigaciónn ha sido publicado a nivel nacional e internacional. Asimismo, ha trabajado en la edición de libros de arquitectura y urbanismo como México, Ciudad Futura, cuyo autor principal es Alberto Kalach y ha arbitrado en revistas científicas de diseño. Actualmente, pertenece a la Federación Latinoamericana de Semiótica y a la Asociación de Estudios Semióticos Visuales y del Espacio. Aura ha trabajado en curaduría de arquitectura, diseño y arte, especialmente en temáticas del mundo cotidiano y la esfera sensible que lo acompaña. Desde 2005 incursiona en este ámbito en el que se inició como asistente del Dr. Jose Castillo en la exposición Mexico City Dialogues, Center for Architecture, ciudad de Nueva York. 

Ha sido profesora en la Maestría en Teoría y Crítica del Diseño de la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes, en el Centro de Investigaciones de Diseño Industrial de la UNAM, en el Departamento de Arquitectura de la Universidad Iberoamericana y actualmente colabora en la Maestría de Diseño Industrial del Posgrado de Diseño Industrial de la misma universidad, estando a cargo de la Coordinación del Campo de Conocimiento de Tecnología; así como en la Escuela de Arquitectectura, Arte y Diseño del Tec de Monterrey, Campus Ciudad de México. 

Aura Cruz ha colaborado en diversas oficinas de arquitectura de renombre tales como TAX (Alberto Kalach) y a I 911, particularmente en áreas de difusión e investigación. Recientemente coordinó la División de Innovación de la empresa CACTUSMX, dedicada a la preservación del patrimonio biocultural a partir de diversas estrategias de diseño. Escribe para la Revista Arquine con “La columna de las pequeñeces”, rescatando el valor de losdiseños soterrados, los de los no profesionales, y ha colaborado con artículos de fondo en la versión impresa.


Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.