NUMERO 4. Una Arquitecta Que No Parece por Miriam Villaseñor Muñoz


07 Jun

Una Arquitecta Que No Parece

La arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz  

Le Corbusier, 1920

Nuestro desenvolvimiento en la sociedad normalmente empieza con las expectativas de nuestros padres sobre la religión, la escuela, los amigos y hasta nuestras carreras profesionales; es decir, sobre quiénes seremos: ¿qué vas a hacer cuándo seas grande?, ¿cuándo te casas?, ¿cuándo tendrás un hijo?, ¿cuándo tendrás otro hijo? Y así, la vida va pasando en este alcanzar objetivos que muchas veces no nos pertenecen. 

Soy arquitecta desde el 2005, pero creo que lo soy desde mis 12 años, cuando le dije a mi papá que ya sabía lo qué quería ser de grande. 

En mis años de estudiante, no existía la carrera de Gestión Cultural, y la de Artes Plásticas era lo más cercano al arte y a la cultura en la ciudad. Por su parte, la carrera de Arquitectura en el Iteso era prometedora, el plan de estudios en ese entonces contemplaba materias como Teoría de la Arquitectura, Arte Contemporáneo, Historia de la Arquitectura e Historia del Arte, una ventana de oportunidad para mí. 

Siempre supe que no construiría casas o haría vistas 3D de proyectos. Mi búsqueda empezó desde el segundo semestre: sabía que iba a hacer arquitectura, pero no la que estaba aprendiendo en el salón de clases. Mi carrera profesional se ha basado, desde ese entonces, en transformar espacios en eventos efímeros (principalmente relacionados con el arte y la cultura) para que después vuelvan a la función para la que fueron concebidos. Me gusta crear experiencias que provoquen un cambio en nuestras vidas. 

Siendo estudiante trabajé en algunos despachos haciendo maquetas, diseñando stands para ferias y, un año antes de graduarme, junto con amigas de clase, organizamos el primer Festival de Animación de Guadalajara: una agenda en donde las personas tenían acceso por una sola tarde a diferentes programas de 3D. Este ejercicio me despertó una inquietud: había disfrutado transformar un espacio en otra cosa, por unas horas, para ofrecer una experiencia distinta, una nueva lectura a un mismo espacio y al contenido ofertado. 

Desde entonces he dirigido varias galerías de arte, coordinado una colección privada de arte contemporáneo, he hecho más de 20 museografías, siete curadurías, cinco festivales y siete subastas en Guadalajara, Ciudad de México, Oaxaca y Estados Unidos.

Cabe mencionar que un proyecto me llevó a otro, y de poco a poquito me he ido enamorando de cada uno de ellos: empiezo con la esperanza de impulsar no nada más el proyecto en sí, sino a los artistas que colaboran en él, las marcas que nos patrocinan, los coleccionistas que fielmente nos siguen y toman como buenas las propuestas que mostramos. 

Para cuando hicimos una subasta en Oaxaca en 2019 (la edición número 6), logramos donar  las ganancias al artesano Remigio Mestas para que terminara un proyecto de cultivo de gusano de seda en el Itsmo de Tehuantepec, para beneficio de más de 20 familias dedicadas al telar de pedal y de cintura, pensé: “Me siento más arquitecta que nunca”. Apoyar en preservar el patrimonio, empezando por las personas, ha sido un importante motivo en mi quehacer profesional. Sentir que a partir de un evento (llámese fiesta, subasta, venta especial o exposición) puede lograr que los asistentes se sensibilicen acerca de quienes somos y salgan de ahí con un sentido de pertenencia es lo que yo llamo un proyecto exitoso. 

Me he dado cuenta de que no existe la identidad sin el conocimiento, y he enfocado cada proyecto en aportar este conocimiento a manera de recordatorio de dónde venimos, por qué es importante voltear a ver lo que están haciendo los artistas, por qué el arte ya no puede ser interpretado nada más con lo que se ve a primera vista, por qué nos exige estar informados, por qué el arte popular está cambiando desde la materialidad, por qué el calentamiento global está afectando nuestras artesanías y nuestra gastronomía. 

El camino no ha sido sencillo, sobre todo porque las etiquetas no se hicieron esperar desde el principio de mi quehacer profesional: gestora, curadora… era todo, menos arquitecta. En una ocasión una maestra me dijo que yo ya no era arquitecta porque no hacía lo que hacen los arquitectos: no hacía planos, no hacía proyectos, no pedía permisos de construcción… Por esos días dirigía el Laboratorio de Arte “Jorge Martínez”, un espacio en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara enfocado en la experimentación creativa tanto del espacio, como del quehacer artístico. El comentario me molestó. Le dije que no estaba de acuerdo. Años después ella dirigió un museo; entonces, le regresé su observación. 

Cuando hicimos Indocumentados en 2017, nunca imaginamos que Donald Trump ganaría las elecciones en Estados Unidos. Para cuando hicimos el festival de dos días en Miami, todos los latinos y mexicanos fueron a ver en el Hotel Royal Palm en South Beach, qué estaba haciendo este grupo de tapatíos hablando de la nula necesidad de tener documentos migratorios para hablar del arte. Tuvimos un lleno total. Expusieron más de 50 artistas y diseñadores, nuestra agenda incluía dos exposiciones de arte y un mercadito de diseñadores. Llevamos a nuestro restaurante favorito de Guadalajara a que hiciera un almuerzo, juntando a mexicanos y latinoamericanos en un mismo espacio. Logramos el combo que las marcas patrocinadoras buscaban: un ejercicio fresco y relajado que permitiera que todas las voces contaran, lejos del esnobismo y la pose.

En este ejercicio, Indocumentados por primera vez durante la semana de Art Basel logró que coleccionistas jóvenes se animaran a invertir en el talento de artistas mexicanos y latinos. 

Posteriormente hicimos Indocumentados dos años consecutivos en nuestra ciudad. En la última edición nos apropiamos de un corazón de manzana en la Colonia Americana. Architectural Digest, Flaunt y Vogue USA hablaron de Guadalajara como un semillero de talento. 

En los mismos años empecé con las residencias de arte como una manera en la que los artistas podrían intercambiar conocimiento con comunidades vulnerables, como es el caso de Maraika y como alumnos de maestros del arte popular Tonalteca en Los Aprendices. Este tipo de proyectos empezaban a unir todos mis esfuerzos anteriores, llevándolos a las comunidades, a nuevos públicos, y demostrando de manera tangible que el arte puede cambiar la vida de las personas.  Los resultados fueron preciosos, las colaboraciones entre el arte popular y el arte contemporáneo lo único que demostraron era que todos veníamos de donde mismo, de la tierra. Todos los participantes quedaron contentos con la experiencia, yo me sentía llena. 

Gracias al proyecto de Los Aprendices, ICOMOS Jalisco puso atención en la extinción de las minas de barro en Tonalá, por lo que empezamos a hacer declaratorias en áreas en específico para proteger la materia prima de nuestro arte popular. 

En 2019 por fin, uní todos mis proyectos y colaboraciones en una empresa. Mi búsqueda había terminado, estaba viviendo mi objetivo: OFICIOS, servicios para la producción artística. Desde aquí iba a perfilar todos y cada uno de los proyectos en mi quehacer arquitectónico. Si la arquitectura es el juego de los volúmenes bajo la luz, mi juego se estaba poniendo muy divertido. 

Con la pandemia, las actividades pararon casi al 90%. No vemos la hora de volver a hacer una subasta o algún festival. Sin embargo, justo a finales del año pasado me llegó el máximo reto al que me he enfrentado en mi vida: la dirección del Organismo Público Descentralizado de Museos, Exposiciones y Galerías de Jalisco (MEG). Siempre quise dirigir un museo y ahora tengo 14 a mi cargo. 

Empecé esta labor con mariposas en el estómago. Nunca había sido servidora pública y la responsabilidad era (es) muy grande. Los primeros meses no dormí bien. Hacía mucho tiempo que no aprendía tanto, de cosas tan distintas: el personal, el mantenimiento y funcionamiento de los edificios, la programación de los espacios, los protocolos sanitarios por Covid.

Recuerdo mi primer día en las oficinas, en el hermoso Ex Convento del Carmen. Todos me llamaron arquitecta. Yo sé que para ellos era natural llamarme así por mi título universitario, no sabían que en ese momento me sentí legitimada por fin. “Arquitecta Miriam”, la que hace ejercicios de curaduría, la que protege el patrimonio tangible e intangible, la que colecciona huipiles, la que adora comer, la que disfruta leer en silencio, la que ahora dibuja planos para explicar un proyecto, la que busca posicionar esos 14 museos como un referente nacional. 

Quizás mis proyectos no se tratan de construir edificios, pero construyen comunidad, hacen cimientos de identidad, tumban muros y fronteras. Si la arquitectura construye, hay muchas maneras de hacerlo. 

Soy la Miriam que es Miriam, la que no busca parecerse a nadie o a algo, la que está viviendo su sueño, el sueño de no ser etiquetada por las actividades de su profesión, sino por los oficios que engloba, los que brinda la experiencia de las manos, lo que no es formal, lo que es siempre:  una búsqueda para ser una mejor persona en cada sencillo gesto de la vida.

Acerca de la autora:

Miriam Villaseñor Muñoz | Guadalajara, Jalisco, 1982 

Es Arquitecta por el ITESO. Durante 6 años colaboró en el Área de Estudios y Proyectos del Centro Cultural Universitario de la Universidad de Guadalajara, apoyando en la gestión de concursos de arquitectura y plan maestro.  Posteriormente trabajó en UNITERRA, Inmobiliaria de la Universidad de Guadalajara, desarrollando proyectos estratégicos para el Estado de Jalisco.  Fue socia fundadora de la galería HUMO, galería que apoyaba artistas jóvenes. 

De 2009 a 2013 co-dirigió junto con Viridiana Mayagoitia el Laboratorio de Arte Jorge Martínez y a la par fue coordinadora del Centro para Cultura Arquitectónica y Urbana.  Su relación con la arquitectura y su gusto por el arte la han llevado a colaborar en proyectos como Arte Careyes y el desarrollo de proyectos independientes con artistas. De 2014 a 2020, coordinó la Colección Charpenel y fue socia fundadora de Anónimo e Indocumentados, proyectos enfocados a la incubación de plataformas culturales utilizando formatos no convencionales y modelos de negocio alternativos. El objetivo es promover un estilo de vida basado en una revaloración del patrimonio cultural, artístico y arquitectónico de México.  Anónimo con cuatro ediciones en Miami (EEUU), una en Ciudad de México, una en Oaxaca y la más reciente en Marfa, Texas. 

Está a cargo de Residencias Maraika desde 2016, en donde artistas son invitados a trabajar un mes a pie de playa en el hotel Casitas Maraika, ubicado en Las Ánimas, Puerto Vallarta. La misión es que desarrollen proyectos artísticos y de intercambio de conocimiento con los niños y jóvenes de la comunidad.  Actualmente forma parte de Los Aprendices, residencias en las cuales artistas son invitados a aprender las técnicas de barro tonalteca en talleres de artesanos. Este proyecto ha devenido en un primer intento por proteger las minas de barro del municipio de Tonalá con el apoyo de ICOMOS, Jalisco. Es fundadora de OFICIOS, una oficina donde gesta todas estas colaboraciones apoyando principalmente en la producción, envíos, montaje y registro de piezas de arte de artistas nacionales e internacionales desde Guadalajara. 

Desde 2020 es directora del Organismo Público Descentralizado de Museos, Exposiciones y Galerías de Jalisco, teniendo a su cargo la gestión de 14 museos del Estado.

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